martes, 15 de julio de 2014

¿Qué es el chavismo? Parte II



El chavismo es un fenómeno sociopolítico muy peculiar, sobre el cual se han tejido las más disímiles y polémicas calificaciones. En el artículo anterior intenté recoger los elementos principales de este debate, evitando fijar postura. En este trabajo, dividido en dos partes, me propongo recorrer la evolución del chavismo desde su surgimiento como insurgencia militar hasta su situación actual. 

El chavismo surge como un movimiento de disidencia radical ante el colapso del sistema político establecido en 1958, en oposición al cual define sus principales rasgos. La crisis del sistema había comenzado a manifestarse a inicios de la década de 1980, consecuencia del agotamiento del modelo de desarrollo instaurado. La reducción de ingresos petroleros por situaciones externas puso en evidencia los débiles pilares del crecimiento económico, el bienestar social y la estabilidad política logrados hasta entonces. El fuerte control de los partidos tradicionales sobre el proceso decisorio y las resistencias de la clase política impidieron que se consolidaran reformas fundamentales en la economía y el Estado. Los cambios realizados tendieron a ser parciales, insuficientes y tardíos. Las distintas tentativas renovadoras promovidas por actores del sistema fracasaron políticamente y aumentaron el malestar social, abriendo paso a opciones ajenas al estamento político, portadoras de proyectos de “refundación nacional”.  

Hugo Chávez se ajustó plenamente a esta necesidad, construyendo un discurso diametralmente opuesto a la clase política establecida. La “revolución bolivariana” que llega al poder en 1998 se basaba en un planteamiento fundamentalmente político: se proponía sustituir un régimen plenamente representativo, partidocrático, burocratizado y aún muy centralizado por otro muy participativo, descentralizado y abierto a la sociedad civil. En ese sentido, su programa original no pasaba de ser una amalgama de ideas y conceptos provenientes de tres fuentes inconexas: el ideario republicano de Bolívar y otros pensadores independentistas; las tradiciones progresistas del campo político venezolano, incluido el socialcristianismo; y un collage de buenas prácticas de gestión admitidas internacionalmente, condensado en el amplio programa de la COPRE (Comisión Presidencial para la Reforma del Estado). 

En parte gracias a este heterogéneo contenido programático, el chavismo atrajo originalmente a un conjunto de agrupaciones e individualidades muy diverso. El Chávez candidato fue respaldado por la izquierda tradicional, sectores descontentos de los partidos tradicionales y grupos de poder de corte liberal. El único común denominador de esta pléyade de actores era su malestar con la clase política y su aspiración a influir –o abiertamente controlar- la toma de decisiones de un gobierno que estaría presidido por un outsider sin mayor experiencia política. 

Este chavismo en rol de oposición es, sin duda, diferente al chavismo que asumirá el poder en los primeros años. En términos generales, el presidente Chávez se propuso como primera tarea política aumentar su control sobre los recursos de poder, evidencia de que el suyo no sería un gobierno breve o sumiso. En ese sentido, estos primeros años se caracterizaron por una combinación utilitarista de estrategias de confrontación y cooperación, respaldadas tanto por el amplio apoyo popular que había alcanzado como por la debilidad política de la oposición, dividida y excluida del reparto rentístico. En este contexto se incluye no solo la aprobación de la nueva Constitución y otras normas legales, sino la lucha y posterior control institucional sobre centros de poder claves como Pdvsa, las Fuerzas Armadas y el Banco Central de Venezuela, así como la progresiva depuración de los elementos más conservadores o independientes del chavismo, los cuales van pasando a engrosar las filas de la oposición. 

El recurso a las urnas como instrumento para aumentar el control político fue posible gracias a la creciente organización electoral del chavismo. Si bien el carisma de su líder es un factor que no puede desdeñarse, es dudoso que el chavismo hubiese sobrevivido a la fase de severa confrontación política frente a una oposición económica y mediáticamente poderosa (2001-2004) sino fuese por la estrategia de organización clientelar de las bases populares, cuya mayor referencia fue el lanzamiento de las Misiones Sociales en 2003, vitales para el triunfo de Chávez en el referendo revocatorio. 

En esta etapa el chavismo empieza a registrar una progresiva radicalización ideológica y endurecimiento político. Su estrategia de exclusión-confrontación política en función de aumentar el control sobre el Estado se combina con un discurso público más agresivo y la lenta incorporación de elementos estatistas en algunas normas legales. Frente al esquema económico liberal establecido en la Constitución, las leyes aprobadas por Habilitante en el año 2001 introducen un mayor control del Estado sobre la vida económica, especialmente en ámbitos como el agrícola y el energético. En esa misma línea, el cambio de actitud en política exterior, reflejada en un alejamiento de EEUU y el forjamiento de alianzas políticas estrechas con Cuba y China, advierten de un viraje hacia posturas más izquierdistas. Sin embargo, nada de esto puede interpretarse aún como una ruptura con el esquema ideológico de “Tercera Vía” propuesto inicialmente: por el contrario, la legislación aún es tímidamente liberal y la coalición política chavista aún está dominada por fuerzas reformistas.

El triunfo electoral en el referendo del 2004 consolida el poder de Chávez tanto sobre el Estado como sobre el movimiento chavista. Las agrias disputas de los años precedentes le han permitido controlar plenamente los dos recursos vitales del poder político –la violencia legítima, alojada en la Fuerza Armada; y la capacidad de gasto, sostenida por Pdvsa- y desplegar más abiertamente su apuesta ideológica por el socialismo. Este doble control y este viraje ideológico marcarán indeleblemente la evolución del chavismo desde entonces: su carácter cívico-militar, su soporte clientelar y su proclamación socialista son, sin duda, las claves que permiten entender la sobrevivencia del chavismo hasta nuestros días.

El fracaso de las iniciativas opositoras –primero insurreccionales y luego electorales- para desplazar al chavismo del poder y destruir su legitimidad abrieron una etapa de relativa “normalización política”, que permitió el ascenso de los partidos en la dirección de la coalición opositora. Con la confianza de tener a la oposición a raya, Chávez proclamó el carácter socialista de su revolución y confeccionó un programa denominado “Primer Plan Socialista” para el período 2007-2013. Su holgada reelección a finales de 2006 tuvo dos efectos inmediatos: la radicalización de su proyecto político y la definitiva proclamación del carácter político-electoral de la estrategia opositora. 

Como comentaré en el próximo artículo, el año 2007 sería el momento de mayor radicalización del chavismo en su historia y, consecuencia en buena medida de ello, también el de su más grave revés político.

miércoles, 7 de mayo de 2014

¿Qué es el chavismo?


Es un asunto quizá demasiado debatido. Desde las estancias académicas y las tribunas políticas se han lanzado calificativos y argumentos de toda índole. Sin embargo, veintidós años después de su irrupción pública, parecieran no estar claros los rasgos esenciales de este fenómeno político que, para bien o para mal, ha marcado la historia reciente del país.

En términos muy simplificados, se puede decir que las variables involucradas en la definición del chavismo son tres: su naturaleza ideológica; su concepción del régimen político; y su postura acerca de la intervención del Estado en la economía. Cada una de estas variables remite, en última instancia, a un modelo de sociedad, de Estado y de economía, elementos centrales de cualquier definición política. Por lo demás, se trata de dimensiones únicamente diferenciables desde el punto de vista analítico, habida cuenta de que toda postura sobre un orden social ideal contiene planteamientos sobre sus modelos de organización política y económica. Teniendo esto claro, revisemos brevemente el debate sobre cada dimensión: 

Naturaleza Ideológica: en este campo es quizá donde existan mayores divergencias, las cuales emergen incluso desde el momento en que se plantea la pregunta previa sobre si puede encuadrarse al chavismo en las categorías ideológicas tradicionales, propias de la Modernidad, o si se trata de un movimiento político ecléctico, postmoderno, personalista o simplemente pragmático, que no puede abordarse bajo el prisma conceptual de la política del siglo XX. 

Entre quienes consideran la primera opción, el chavismo ha sido caracterizado como un movimiento comunista, socialdemócrata, populista (con rasgos militaristas) e incluso fascista. Cada uno de estos señalamientos ha sido respaldado por determinadas actitudes políticas y estilos de gestión, lo que en cualquier caso comprueba lo maleable que ha sido el chavismo en su trayectoria política. 

En ese sentido, quienes lo tachan de “comunista” –castro-comunista, para ser más precisos- alegan su propia retórica anti-empresarial y anti-capitalista, su dependencia simbólica hacia Cuba y su propuesta de socializar la economía y el Estado a través de instancias comunales de producción y gobierno. En cambio, quienes ven en el “socialismo bolivariano” una versión tropical de la socialdemocracia, citan el régimen de economía mixta contenido en la Constitución y desarrollado, hasta ahora, en los planes gubernamentales; las políticas de protección social y de redistribución del ingreso; y la ampliación de funciones empresariales del Estado en áreas consideradas estratégicas.

Los alegatos sobre “populismo” se fundamentan en un discurso político dominado por la contradicción “pueblo-oligarquía”; una estrategia de reivindicación de “lo popular” como sujeto político hegemónico, organizado y movilizado desde el poder y conectado emocionalmente al líder; y el desarrollo de un estilo de gobierno clientelar, dominado por el asistencialismo y la corrupción. A esta descripción se le adereza además la partidización de las fuerzas armadas y su vinculación orgánica con el poder, trasladando cierta lógica militar y retórica belicista al funcionamiento del aparato estatal.

Finalmente, los señalamientos sobre la naturaleza fascista del chavismo recalcan la relevancia que tiene en su organización la conexión directa líder-masas; la identificación de la lealtad y el sometimiento como valores políticos superiores; la exclusión y discriminación sistemática de la disidencia; y la estrategia de corporativización de las organizaciones sociales, anulando su autonomía y vinculándolas orgánicamente al Estado-partido-líder.

En cuanto a los que consideran al chavismo un movimiento sui generis, hijo de la crisis de las ideologías, también existen diferencias. Por un lado, toda una corriente presenta al chavismo como una expresión de los movimientos socialistas y contra-hegemónicos de nuevo cuño, basados en la radicalización de la democracia en los distintos espacios decisorios. En este sentido se cita la creación de instancias y mecanismos de democracia directa y autogobierno comunitario; la instauración de formas colectivas de propiedad, producción y consumo; y la masiva y constante movilización y discusión política que ha rodeado los distintos episodios de la trayectoria chavista. Por el contrario, algunos análisis apuntan al chavismo como un fenómeno muy folclórico, en el cual el personalismo y la vocación pragmática de mantenimiento en el poder anularían cualquier intento de clasificación ideológica.  

Régimen Político: en general, los analistas y observadores coinciden en un aspecto: el chavismo mantiene una relación tensa y conflictiva con las instituciones de la democracia liberal y representativa. En lo que difieren es en lo relativo a las razones y naturaleza de esta tensión. 

En conexión con los calificativos de “comunista” y “fascista”, el chavismo ha sido señalado de impulsar un régimen de carácter totalitario. Se cita en favor de esta tesis su estrategia de captura y colonización total del Estado, complementada con su creciente cooptación de las organizaciones sociales y el achicamiento de los espacios “privados” o “civiles”, ajenos a la lógica política. En ese sentido, se acusa al chavismo de atentar contra la privacidad y el pensamiento crítico y de pretender enlistar a toda la sociedad en un rol militante.

En una perspectiva más reflexiva, se concibe al chavismo como un movimiento esencialmente autoritario. Al respecto, se señala la exclusión de los opositores de la toma de decisiones, la partidización de los Poderes Públicos, la vulneración de la equidad electoral, y las restricciones al ejercicio de derechos políticos como la expresión, como evidencias de un proyecto autoritario clásico.

Algo menos tajantes son los señalamientos sobre el carácter “autoritario competitivo”, “autoritario electoral”, “semidemocrático” o “híbrido” del régimen político chavista. Bajo esta óptica, se reconoce que el chavismo sigue sometiéndose a procesos electorales más o menos confiables, en los que la oposición política sigue contando con posibilidades de victoria. En contrario se señalan las restricciones a ciertos derechos políticos y la utilización de las leyes y los Poderes Públicos para afectar el ejercicio de la disidencia. Bajo estas premisas, el chavismo parecería orientado, más que a ilegalizar a su oposición, a suprimirle su capacidad de hacerse con el poder.  

Finalmente, desde la perspectiva contraria, se considera al chavismo como una superación de la democracia representativa por el lado de la profundización del ejercicio de la participación y la efectiva expresión de la soberanía popular. En ese sentido, si el chavismo se enfrenta a la lógica del Estado liberal, lo hace para profundizar los derechos colectivos, reducir las desigualdades que afectan el ejercicio democrático y mejorar en última instancia los beneficios sociales. 

Modelo Económico: en general, hay coincidencia sobre que el chavismo implica una exacerbación de la intervención estatal en la economía. El asunto nuevamente estriba en la naturaleza y fines de esta intervención: la misma respondería a un modelo colectivista o bien a uno capitalista de Estado. 

Las políticas de “socialización” de la economía emergieron con fuerza cuando el chavismo optó por impulsar las empresas de propiedad social y la llamada “economía comunal”, basada en la propiedad compartida de los medios de producción y la redistribución social del excedente. Anteriormente, una perspectiva de “democratización del capital” se había desarrollado con la promoción de las cooperativas, pero fue rápidamente superada. Por su parte, quienes advierten que el chavismo está ganado a la idea de un “capitalismo de Estado”, señalan como evidencias la oleada de expropiaciones y nacionalizaciones, así como una creciente regulación centralizada de distintos procesos económicos. En este contexto, se aseguraría la sobrevivencia de la empresa privada, pero articulada al Estado bajo esquemas corporativistas propios del desarrollismo clásico. 

Este apretado resumen solo busca fijar las coordenadas del extenso y complejo debate que se ha desarrollado en torno al chavismo. En la próxima entrada desarrollaré algunas ideas propias sobre cuál es la esencia de este ecléctico fenómeno.
 

viernes, 18 de abril de 2014

El “diálogo”: ¿Qué podemos esperar?


En un artículo publicado el pasado 28 de febrero, advertí que la evolución de la crisis política que atravesaba el país podía seguir tres caminos: que remitiera la violencia y se impusiera cierta normalización política que permitiera la consolidación del poder chavista pero en un contexto de mayores concesiones a la oposición; que se agravara por el aumento del descontento social ante la situación económica, en un ambiente de mayor desestabilización y riesgos de salidas inconstitucionales; que se profundizara el ciclo de protestas y represión, aumentando el caudal de movilización de la oposición y la fragilidad del Gobierno.


El inicio de conversaciones directas entre representantes del Gobierno y dirigentes de la MUD, el pasado 10 de abril, apuntala claramente el primer escenario. Este proceso de discusión y negociación –discusión en las reuniones públicas y negociación en las privadas- ha sido aceptado con reservas y cierto escepticismo por los elementos más representativos tanto del chavismo como de la oposición, siendo cuestionado y denunciado por sus sectores más radicales. 

Luego de los dos primeros encuentros, vale la pena hacer algunos comentarios sobre lo visto hasta ahora y sobre lo que pudiera venir:

  • El Gobierno se ha anotado un éxito al lograr no solo sobrevivir a las protestas sino apropiarse simbólicamente del discurso de la paz, la reconciliación y el diálogo. Es un éxito particularmente relevante si tenemos en cuenta que el inmenso control político que ha logrado el chavismo se ha sustentado en su estrategia de confrontación, polarización y movilización. Los voceros oficiales recalcaron y seguirán recalcando que han sido ellos, con sus insistentes llamados, los que lograron que la oposición se sentara a dialogar, accediendo ésta solo cuando se evidenció la esterilidad de las protestas. En consecuencia, si la iniciativa rinde algún fruto, el chavismo podrá adquirir una porción mayor del mérito al reiterar que ha sido suya la iniciativa. 

  • La oposición aglutinada en la MUD, por su parte, ha postergado su participación en el “diálogo” hasta que se redujeran sus costos políticos. En ese sentido, el creciente rechazo a las “guarimbas”, el  propio desgaste de las manifestaciones, y el logro de ciertas concesiones procedimentales por parte del Gobierno, sirvieron la escena para que su participación fuese presentada como una decisión sensata y responsable. Aun así, han debido conversar con el chavismo en su terreno –el Palacio de Miraflores-, en condiciones desfavorables –la intervención de Maduro no tuvo límite de tiempo-, con importantes ausencias –Ledezma, Machado y Voluntad Popular-, sin unidad de posturas –solo Capriles habló del 14 de abril- y, lo más relevante, con protestas e intervenciones policiales aun desarrollándose en las calles, y algunas de sus figuras aun en las celdas. En ese contexto hostil, han logrado enviar un mensaje sereno y civilizado a una audiencia amplia, a la cual muy pocas veces pueden llegar. 

  • La oposición más radical ha perdido una oportunidad de presentar sus cuestionamientos directamente al Gobierno, frente a todo el país. No es realista pensar que la participación en el encuentro le ha dado un balón de oxígeno a un Gobierno moribundo. Algunos dirigentes políticos se han amarrado a la agenda del movimiento estudiantil, cuando, en realidad, se trata de sectores diferentes con demandas distintas e instancias de interlocución separadas. Por otro lado, históricamente a la oposición no le ha resultado efectiva su estrategia de abandonar los espacios para deslegitimar al Gobierno. No existen razones para pensar que esta vez será diferente.
 
  • En cuanto a los señalamientos hechos en el encuentro, la oposición ha realizado una más contundente presentación por el simple recurso a la novedad: el mensaje del Gobierno inunda los espacios televisivos, pero el de la oposición cada vez obtiene menor difusión. Por otro lado, el Gobierno se ha limitado a reproducir el relato del golpe, el paro y las guarimbas, dirigido exclusivamente a su militancia. En general, los discursos de los distintos representantes se movieron sobre un mismo código: tenemos disposición al diálogo a pesar de que, siendo mayoría, no lo requerimos; pero ustedes, siendo minoría, han desconocido el mandato popular, han intentado desplazarnos por medios violentos y han violado reiteradamente la Constitución. 
 
  • La oposición, para bien o para mal, ha sido más diversa: al Gobierno se le ha cuestionado por ser autoritario y represivo, por imponer un modelo político inconstitucional, por ser ineficiente e incompetente en sus funciones, y por conducir al país a una crisis política y económica profunda. En particular, Capriles ha reiterado su posición de liderazgo en la oposición, refrendando su versión sobre las elecciones de abril y dirigiendo el único mensaje que alguno de los dirigentes envió a los seguidores del bando contrario: la denuncia de la corrupción, la pérdida de poder adquisitivo y la brecha social que existe entre la dirigencia oficialista y sus bases populares de apoyo.
 
  • Según informaciones de prensa, las primeras concreciones de esta negociación han sido la ampliación de la comisión creada para investigar los hechos ocurridos desde febrero y la incorporación de representantes de la oposición en el llamado “Plan de Pacificación”. El rechazo de la Ley de Amnistía ratifica que el destino de las personas detenidas será un tema espinoso y, probablemente, obstructivo. El Gobierno se niega a ceder porque quizá intuye que la liberación allanaría el camino a la reunificación de la oposición. 
 
  • Probablemente, los encuentros continúen generando resultados parciales pero valiosos para ambas partes. El Gobierno debe mantener a la oposición en la mesa y para ello deberá administrar la expectativa de que ésta puede obtener ventajas. Por su parte, la MUD debe manejarse con sumo cuidado para mantener el frágil equilibrio entre influir en las decisiones del Gobierno y a su vez hacerle oposición. El riesgo de que se logren acuerdos en la conformación de los Poderes Públicos es tan elevado para ambos bloques como el asunto de la Ley de Amnistía: tal situación sería presentada por los radicales de lado y lado como evidencia de una negociación o pacto basado en la redistribución de cuotas de poder. Como se ventiló en el debate, la idea de pacto es, en la política venezolana de hoy, pecaminosa.

domingo, 13 de abril de 2014

12-F: dos meses después ¿dónde estamos?



El 12 de febrero se inició una etapa de mayor conflictividad política en el país. Aunque de baja intensidad, intermitente y territorialmente focalizada, la violencia ha producido hasta la fecha un saldo de 41 fallecidos. Distintos analistas y encuestadores coinciden en que estos hechos, al crear una sensación de anarquía y caos, han debilitado en términos relativos a los dos bloques políticos en pugna. Las diferencias entre ambas coaliciones y a lo interno de cada una se han intensificado, aumentando las dificultades para ejercer eficazmente la gobernabilidad interna del archipiélago de grupos, intereses y corrientes que conforman, en términos concretos, tanto a la oposición como el Gobierno venezolano. En ese sentido, el balance para los distintos actores involucrados parece estar marcado por mayores pérdidas que ganancias. 

El chavismo ha podido actualizar el relato de una oposición pudiente, extremista y violenta, apropiándose del discurso de la reconciliación, la paz y la convivencia que habían utilizado los opositores desde el 2007. Sin embargo, su imagen internacional se ha visto perjudicada por las actuaciones represivas –magnificadas por una fuerte campaña comunicacional y diplomática- y su control y unidad internas se han debilitado frente a los ojos de sus propios partidarios, adoptando silenciosamente un viraje económico que promete insuflar los ánimos de los más recalcitrantes. El Gobierno ha podido amortiguar hasta el momento el costo político de la crisis, pero mientras no remitan sus manifestaciones más acuciantes, el desgaste seguirá avanzando. 

La oposición “más radical”, por su parte, ha logrado desplazar y malponer a los partidarios de la vía electoral frente al electorado opositor, ganando centimetraje interno y proyección internacional. Las acciones judiciales en su contra, sin embargo, se han concretado sin mayores resistencias, y el movimiento de calle que iniciaron claramente ha adquirido una dinámica que no tienen capacidad de controlar. Las acciones violentas, de las cuales no pueden desligarse, son mayoritariamente rechazadas por la opinión pública. Resulta ya evidente que, de persistir en la línea trazada, las protestas no podrán convertirse en un movimiento de masas dispuestas a combatir al Gobierno hasta lograr su salida. La reconversión del movimiento bajo una perspectiva político-electoral resulta una estrategia no solo difícil sino traumática y eventualmente inviable.

Finalmente, la oposición “moderada” ha podido reafirmar con hechos y bajo intensas presiones su vocación democrática, allanando, al menos a nivel internacional, su reconocimiento como oposición legítima. Aunque muy ruidosas en redes sociales, las acusaciones sobre su supuesto “colaboracionismo” con el chavismo no han tenido un impacto muy extendido en la opinión pública. Además, la presión sobre el Gobierno, concretada en la iniciativa de unos “diálogos” con los principales voceros de la oposición, puede representar una oportunidad para ganar mayor reconocimiento político y participación en los espacios institucionales. Por el otro lado, la fragmentación de la oposición ha reducido su capital político y su capacidad organizativa y de movilización, afectando sus posibilidades de convertirse en alternativa de poder. El muy costoso –en términos del esfuerzo y tiempo de construcción- liderazgo de Henrique Capriles ha sido cuestionado como nunca antes. Los partidos y líderes “moderados” se han mostrado incapaces, al menos hasta ahora, de reconectar el circuito entre la crisis socioeconómica y la disposición a protestar contra el Gobierno.


Evidencia del dominio de esta lógica “perder-perder” es la aparición de encuestas con resultados útiles y funcionales tanto para el Gobierno como para la oposición: Maduro pierde popularidad y la gestión gubernamental es peor valorado, pero las “guarimbas” son ampliamente rechazadas y los líderes de la oposición pierden invariablemente aceptación.  

La iniciativa de diálogo o, más propiamente, debate político, abre, independientemente de su evolución o resultados, una nueva etapa en esta dinámica política. Luego de dos meses de desgaste progresivo, los principales actores políticos están abriéndole paso al escenario de la “normalización política”, el cual podría poner coto a esta dinámica “perder-perder”. Resulta evidente que la posibilidad de que cada bloque pueda expresarle abierta y frontalmente sus críticas y cuestionamiento al otro, presentando además esta acción como evidencia de tolerancia, apertura y disposición al diálogo, no puede más que reforzar las posiciones relativas de cada coalición, a despecho de la virulencia de los más recalcitrantes de lado y lado. Sobre la posible evolución de esta iniciativa y su impacto sobre el juego político nacional reflexionaré en el próximo artículo.

lunes, 24 de marzo de 2014

Sobre “El Arte de la Guerra”

 De Sun Tzu se sabe muy poco. Algunos estudiosos de la China antigua dudan incluso de su existencia y, con mayor razón, cuestionan que se le adjudique la autoría de “El Arte de la Guerra”. Esta breve y por momentos desordenada obra es considerada uno de los más antiguos y valiosos tratados sobre estrategia militar, cuya influencia no solo se ha manifestado en la filosofía e historia chinas sino también en el pensamiento político, militar e incluso empresarial de Occidente. En los últimos días, he revisitado sus páginas, redescubriendo las razones espirituales y prácticas de su milenaria resiliencia. Me limito aquí a reunir un conjunto de citas textuales que, creo, resumen bien el texto y permiten obtener una imagen bastante completa del valor transdisciplinario de la obra. 


  • "Si las instrucciones no están claras y las órdenes no han sido explicadas, tiene la culpa el comandante. Pero si las instrucciones han sido explicadas y las órdenes no se ejecutan de acuerdo con la ley militar, los oficiales son responsables de un crimen”.
  • “Si los oficiales no han tenido un severo entrenamiento, estarán inquietos y dubitativos en el combate; si los generales no se han formado íntegramente, sentirán pavor en su interior cuando se hallen frente al enemigo”.
  • “Todo el arte de la guerra está basado en el disimulo. Por esto cuando eres capaz, finge incapacidad; si eres activo, pasividad; si estás próximo, haz creer que estás lejos; si alejado, que estás cerca”.
  • “Dedicándose a hacer muchos cálculos se puede ganar; si se realizan pocos, la victoria es imposible”.
  • “Nunca se ha visto que una guerra larga beneficiase a ningún país (…) La guerra es igual al fuego; los que no quieren dejar las armas, son devorados por las armas”.
  • “Por regla general, en la guerra la mejor política es la de tomar el Estado intacto; aniquilarlo no es ventajoso (…) Rendir al enemigo sin combatir es el súmmum de la habilidad”.
  • “El arte de usar tropas en combate consiste en esto: si estás en superioridad de diez contra uno, cerca al enemigo. Si es de cinco a uno, atácalo. Si es de dos a uno, divídelo. Si las fuerzas son parecidas, puedes presentarle batalla. Si eres inferior en número, debes ser capaz de comprender la retirada”. 
  • “El que no tiene conciencia clara de sus propósitos no puede enfrentar al enemigo (…) El que conoce cuándo puede combatir y cuando no, será el vencedor”.
  • “Un soberano dotado de personalidad y de inteligencia superior tiene que ser capaz de reconocer al hombre que le conviene, debe confiarle las responsabilidades y esperar los resultados”.
  • “Conoce al enemigo y conócete a ti mismo y ni en cien batallas estarás jamás en peligro. Cuando no conozcas al enemigo, pero te conozcas a ti mismo, las probabilidades de victoria o de derrota son semejantes. Si a la vez ignoras todo del enemigo y de ti mismo es seguro que estás en peligro en cada batalla”.
  • “Nuestra invencibilidad depende de nosotros; la vulnerabilidad del enemigo, de él”.
  • “El ejército victorioso es igual que un quintal oponiéndose a un solo grano; un ejército derrotado es igual que un grano oponiéndose a un quintal”.
  • “Mandar a muchas personas es como mandar a pocas. Es cuestión de organización (…)  Es posible dirigir un ejército de un millón de hombres como si fuesen unos pocos individuos”.
  • “El que quiera fingir cobardía y mantenerse al acecho del enemigo, debe ser valiente, porque solo así podrá simular el miedo. El que quiera parecer débil, para hacer arrogante a su enemigo, debe ser fortísimo. Solamente así podrá fingir la debilidad”.
  • “El valiente sabe batirse; el prudente, defenderse; el sabio, aconsejar. No se malgasta la capacidad de nadie”.
  • “En campaña has de ser rápido como el viento; si avanzas lentamente, majestuoso como el bosque; en la incursión y el pillaje, semejante al fuego; si detenido, inconmovible como las montañas”.
  • “Es imprescindible dejar una salida a un enemigo sitiado. Enséñale que existe una posibilidad de salvación y hazle comprender que existe una solución diferente a la muerte (…) No lleves hasta el límite a un enemigo que se halle en una situación apurada (…) Si sabe que no hay otra salida, combatirá hasta la muerte”.
  • “Hay cinco cualidades que son peligrosas en un general. Si es arriesgado, puede perder la vida. Si es cobarde, será hecho prisionero. Si es colérico, puede ser ridiculizado. Si tiene un sentido del honor demasiado susceptible, se le puede calumniar. Si tiene un espíritu compasivo, se le puede hacer sufrir”.
  • “La rapidez es la esencia misma de la guerra. Aprovecha la falta de preparación del enemigo; recurre a itinerarios imprevistos y atácalo mientras no esté preparado”.
  • “Un soberano no puede levantar un ejército por un arrebato de cólera, ni un general combatir atenazado por el rencor. Porque si es posible que un hombre irritado recobre su serenidad y que aquel que padece agravios se cure, un Estado que ha sido aniquilado no puede rehacerse, ni los muertos pueden volver a la vida”.
  • “Un ejército sin agentes secretos es como un hombre sin ojos y sin oídos”.
Sin duda, una obra sin desperdicio.

jueves, 20 de marzo de 2014

Keynes, Krugman y la Crisis Global

Bajo el sugerente título de “Acabemos ya con la crisis”, Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008, nos ha proporcionado un análisis lúcido y coherente sobre las razones -estructurales y coyunturales- por las cuales surgió la crisis económica mundial (2008-2011).

Krugman advierte desde el inicio que la crisis global es, en realidad, una depresión económica tradicional, causada por un fallo de coordinación relativamente sencillo: los agentes económicos en su conjunto no están gastando lo suficiente; los que pueden gastar –los acreedores- no quieren gastar y los que quieren –los deudores- no pueden. Se trata de un clásico “momento keynesiano”, durante el cual la demanda agregada es insuficiente y, como consecuencia, los niveles de producción y de empleo también lo son. Esta situación, subraya Krugman, no solo no es inédita, sino que la humanidad cuenta desde hace mucho tiempo con el instrumental teórico y práctico necesario para superarla: el único agente económico que no siente miedo de quebrar, léase el Gobierno, debe dar un paso al frente y gastar, gastar por aquellos que no quieren o pueden hacerlo. 

A lo largo del texto, el autor se dedica a argumentar rigurosamente su interpretación de la crisis, rebatiendo al paso todos los señalamientos en contrario. Por razones obvias, la mayor parte del texto versa sobre la situación estadounidense. 

ESTADOS UNIDOS

En su país, Krugman identifica dos grandes causantes estructurales de la crisis, muy asociadas entre sí. El aumento acelerado de la desigualdad social permitió la acumulación de grandes cuotas de capital en pocas manos; estos flujos encontraron salida a través del mercado financiero, el cual, al estar cada vez menos y peor regulado, derivó en un mundo de riesgos excesivos y prácticas abusivas. 

Estos excesos se basaron en una constante subestimación de los riesgos de la inmensa deuda que se estaba acumulando, incluso por parte de las instituciones regulatorias. Los elevados niveles de “apalancamiento” (proporción de deuda con respecto a los activos o ingresos) arrastraron a la economía cuando la prosperidad se torció. Así, el estallido de la burbuja inmobiliaria obligó a los deudores a adoptar medidas rápidas para reducir su deuda, bien a través de la venta de activos o la reducción de los gastos. Al convertirse en una estampida masiva, se produjo una reducción de los precios que apreció el dólar e hizo mucho más difícil bajar en términos reales la deuda. El intento de los deudores de salir, hundió más a la economía. Todos intentamos ahorrar más, pero al reducir nuestro consumo conjunto, los ingresos menguan, las empresas invierten menos, el desempleo aumenta y la economía padece. Así, solo podemos salir de esta espiral si alguien –en este caso, el Gobierno- hace lo contrario a lo que todos estamos haciendo. 

EUROPA

Particularmente interesante es el análisis de la crisis europea y su posible superación. Krugman se remonta al surgimiento del euro para explicar la crisis. La creación de la moneda única se basó en una subestimación de los riesgos de esta medida: no se previó qué hacer ante “choques asimétricos”, como, por ejemplo, el hundimiento de un boom inmobiliario en algunos países y no en otros. 
De acuerdo con el autor, son tres las condiciones que garantizan el éxito de una unión monetaria: la existencia de un gran comercio intrarregional; la garantía de la libre movilidad laboral interna; y una plena integración fiscal y presupuestaria. Europa alcanzó un comercio integrado, pero no la unidad de su mercado laboral y de su gobierno. Las diferencias lingüísticas y culturales siguieron limitando el movimiento de trabajadores; los distintos gobiernos nacionales tuvieron que seguir resolviendo sus apuros fiscales y presupuestarios por su cuenta.


La historia de la crisis es en resumidas cuentas la siguiente: el establecimiento del euro llevó a los inversores a sentirse seguros de trasladar su dinero a países que antes consideraban de riesgo. Esto incentivó la afluencia de capitales hacia el Sur,  lo que redujo el costo del dinero (la tasa de interés) y promovió explosiones inmobiliarias y de consumo. Este boom llevó a los bancos del Sur a pedir prestado a los bancos del Centro, cuyos países no vivían un crecimiento comparable. Este auge motivó a su vez el aumento de los sueldos en la periferia e hizo que la industria perdiera aún mayor competitividad frente a motores económicos como Alemania. Esto, a su vez, se tradujo en unos crecientes déficits comerciales en el Sur –y superávits en el Centro-. En este contexto, la crisis de EEUU arrastró a Europa, y el rescate de los bancos, que cada país debió cargar por su cuenta, empeoró mucho más el déficit y la deuda, dejando a estos países sujetos al temor de los inversionistas, disparando la prima de riesgo y aumentando los ataques especulativos.

El problema de fondo, argumenta Krugman, es una disparidad de costos y precios entre países, disparidad que daña la competitividad de algunas economías. Existen para ajustarla dos vías: la inflación en el Centro o la deflación en el Sur. En el primer caso -negado por la ortodoxia alemana- un estímulo fiscal y una política monetaria expansiva permitirían que los sueldos subieran. En el segundo -actualmente implementado- se debe pasar por un largo plazo de sufrimiento para que los sueldos del Sur vayan cayendo y se ajusten. El problema adicional con esta opción es que la deflación intencionalmente provocada aumentará en términos reales el monto de la deuda, lo que complicará aún más su cancelación.

La conclusión a la que Krugman arriba en su análisis estadounidense es igualmente válida para Europa: la ceguera ortodoxa y la decisión política de “hacer pagar” a los “irresponsables” los costos de sus excesos han provocado un inconmensurable sufrimiento humano, totalmente evitable. Como en tantos otros ámbitos y situaciones, en economía no basta conocer la solución para implementarla.