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sábado, 26 de marzo de 2016

El desafío de la irreversibilidad de la descentralización: lecciones desde Venezuela

Un tema recurrente en la discusión académica sobre los cambios de políticas públicas tiene que ver con la institucionalización de tales procesos, en el sentido de la consolidación de las nuevas dinámicas de relación supuestas por una política.

Artículo elaborado para la edición 69 de la revista digital Vox Localis. Disponible en: https://www.voxlocalis.net/numero69/articulo/el-desafio-de-la-irreversibilidad-de-la-descentralizacion-lecciones-desde-venezuela

martes, 15 de marzo de 2016

El diseño institucional de la participación, sus retos y dificultades

Participar está de moda. Donde quiera que fijemos nuestra atención hallamos declaraciones favorables a la participación, convertida en principio esencial y referente insustituible de paradigmas emergentes como el de buena gobernanza, gobierno abierto y desarrollo local.

Artículo elaborado para la revista digital Política Comunicada. Disponible en: http://politicacomunicada.com/el-diseno-institucional-de-la-participacion-sus-retos-y-dificultades/

lunes, 2 de noviembre de 2015

Política inteligente para ciudades inteligentes

La dimensión política del paradigma de la ciudad inteligente suele pasar desapercibida, consecuencia del excesivo énfasis colocado en la tecnología y la innovación como soluciones en sí mismas. 

Artículo elaborado para la revista digital Política Comunicada, el diario de la innovación en la gestión pública de Iberoamérica.

Puedes leerlo completo en: http://politicacomunicada.com/politica-inteligente-para-ciudades-inteligentes/

miércoles, 12 de noviembre de 2014

“Guerra por los recursos” de Michael Klare

Se trata de un libro de referencia obligada en los círculos académicos y políticos vinculados a las Relaciones Internacionales. Su hipótesis central, aunque muy bien sustentada, es simple: las guerras del futuro inmediato estarán determinadas, principal pero no exclusivamente, por la competencia entre actores para la búsqueda, control y explotación de las fuentes de recursos naturales indispensables para la vida humana.
A pesar del atractivo de su tesis, Klare no le resta importancia al sustrato étnico, cultural, religioso, ideológico y político que existe y seguirá existiendo detrás de la motivación efectiva de muchos conflictos armados. La tesis de Klare no es, en ese sentido, determinista. El autor se limita a alegar que estas dinámicas estarán supeditadas a la nueva lógica del sistema internacional, fundada en la creciente importancia del poderío industrial y de las dimensiones económicas de la seguridad. De esta forma, reserva a la lucha por los recursos la condición de principio rector del nuevo entorno internacional post-guerra fría y lo superpone a otras tesis muy publicitadas como la del choque de civilizaciones de Samuel Huntington, el ingobernable estado de anarquía y desorden de Robert Kaplan o la primacía de los asuntos suaves de agenda bajo el influjo de la globalización económica, postulada y defendida por la escuela neoliberal.

Klare se da a la tarea de construir un triángulo estratégico que defina la ecuación de los recursos y que explique su condición de fuente de tensiones internacionales. En esta pirámide del conflicto mundial, el primer vértice está conformado por el crecimiento incesante y vertiginoso de la demanda de recursos a escala mundial. Se trata de un ritmo insostenible basado en el crecimiento demográfico y la extensión de la industrialización. Hay más personas y las personas quieren vivir mejor, con la natural consecuencia de una aceleración del ciclo depredación-producción-consumo que pone en riesgo la subsistencia humana. 

Al lado y como consecuencia de una demanda insaciable, han comenzado a aparecer carestías significativas en la disponibilidad de algunos recursos. De acuerdo a un estudio de comienzos de siglo realizado por el Fondo Mundial para la Naturaleza, entre 1770 y 1995 la tierra perdió cerca de un tercio de su riqueza natural disponible. En particular, los hidrocarburos y el agua están sensiblemente afectados por las posibilidades de agotamiento, las cuales se traducen en una cada vez más inclemente competencia por el aseguramiento de las decrecientes reservas.

Por último, el triángulo se cierra con el factor explosivo: muchas fuentes o yacimientos claves están compartidos entre dos o más países, o se hallan en regiones limítrofes y zonas económicas exclusivas en disputa. Cuando los Estados agoten sus reservas internas, pretenderán posesionarse de aquellas que poseen en común, con las graves consecuencias que ello podría traer.

Orientado por estas tres premisas, el autor desarrollará una caracterización de las posibles zonas de conflicto inminente, dándole contenido concreto al principio según el cual “la historia humana se caracteriza por una larga sucesión de guerras por los recursos”. A lo largo del texto, Klare advertirá de las tensiones explosivas que rodearán la competencia por la posesión, dominio y aseguramiento de las fuentes petrolíferas y sus zonas de paso; las masas de recursos acuíferos; los diamantes; el oro; los minerales de utilización industrial; y la madera de construcción. En estas disputas y conflictos, se verán involucrados una multitud de Estados, además de las conflagraciones que podrían desatarse dentro de cada unidad nacional entre diversos actores en disputa por el control político. Un panorama bastante oscuro que redefine el mapa del conflicto internacional, el cual no girará ya en torno a dos grandes bloques de Estados y sus zonas de interés geopolítico sino a las zonas de reserva de recursos y su interés geoeconómico. 

Sin embargo, al final del texto, Klare señalará que sus previsiones no son inevitables. En ese sentido, propondrá una estrategia para adquirir y administrar los recursos escasos y valiosos sobre la base de un sistema de cooperación internacional. Bajo este sistema, instituido por medio de instituciones internacionales sólidas, se desarrollaría una política de distribución equitativa de las existencias mundiales en situación de carestía aguda junto a un programa coordinado de investigación en busca de soluciones sustitutivas. Klare no cae en dubitaciones: o seguimos por el camino de la competencia cada vez más intensa por los recursos, que nos lleva a estallidos bélicos periódicos, o elegimos la gestión de las reservas mundiales mediante un régimen cooperativo. Esas son las opciones de nuestro siglo XXI. Aleia jacta est.

lunes, 3 de noviembre de 2014

La sociedad caótica: ¿por qué crecen los nuevos cultos espirituales?



La noción de caos ha sido desarrollada en las ciencias físicas para aludir a la característica distintiva de algunos sistemas dinámicos que pueden presentar elevados niveles de variabilidad en su evolución, aun partiendo de condiciones iniciales muy similares. En los sistemas caóticos las relaciones causa-efecto se encuentran fracturadas: pequeñas causas homogéneas y simples pueden generar grandes, diversas y muy complejas consecuencias. Los teóricos del caos han popularizado esta idea a través del llamado “efecto mariposa”, según el cual el aleteo de una pequeña mariposa a un lado del océano puede producir un gigantesco tsunami al otro extremo.

Ideas novedosas como la del caos han venido siendo adoptadas en las últimas décadas para mejorar la comprensión de la creciente complejidad que rodea los sistemas sociales. En general, las ciencias sociales siempre se han caracterizado por su limitada capacidad de teorización, consecuencia de la naturaleza impredecible y, de cierto modo, arbitraria de los eventos humanos. Sin embargo, la brecha entre la ocurrencia de fenómenos sociales y la capacidad de comprenderlos y explicarlos “científicamente”, lejos de reducirse con el impresionante desarrollo tecnológico reciente, se ha ensanchado exponencialmente. 

Esta tendencia ha socavado más aún las bases de las tradicionales disciplinas del conocimiento social, promoviendo la proliferación de enfoques y perspectivas de los más diversos géneros. Los “posmodernos”, que niegan la posibilidad de hacer ciencia de lo social y se limitan a cuestionar como ideologizante cualquier intento de conocer la realidad, son una expresión académica del desconcierto dominante.

En efecto, la Modernidad se fundó en la promesa optimista de que sería la razón, descubierta objetivamente a través de la ciencia, la que guiaría el orden social y aseguraría el continuo progreso humano. La capacidad de la ciencia de dar las respuestas sociales es, precisamente, lo que está siendo cuestionado hoy en día. El auge de nuevas modalidades de espiritualismo, desde la autoayuda, la astrología y la santería hasta las nuevas iglesias evangelistas, las prácticas orientales como el yoga o el feng shui y los curiosos cultos posmodernos, confirman que las personas están buscando en fuentes espirituales –y no científicas- algo de lo que asirse para enfrentar el vértigo causado por el caos reinante.

El afianzamiento de la espiritualidad es, sin duda, una de las expresiones más palpables de la naturaleza de estos tiempos. La aceleración del cambio socio-tecnológico ha introducido una gran presión sobre la vida de las personas, obligándolas a modificar constantemente sus creencias, actitudes y capacidades para poder adaptarse. Esta situación se refleja en los más diversos campos.

En la vida laboral, los avances tecnológicos y las constantes reformas técnico-gerenciales están destruyendo la utilidad de muchas habilidades tradicionales e incrementando la competencia de manera abrumadora, obligando a las personas a seguir una carrera indetenible de actualizaciones que rápidamente caen en obsolescencia. En la vida personal, las nuevas realidades socavan muchas creencias hasta ahora incuestionadas, obligando a las personas a acostumbrarse a “lo diferente” y a “lo atípico” como lo normal y frecuente. Las familias homosexuales o las llamadas “tribus” urbanas son fenómenos que hace solo tres décadas eran muy inusuales pero que ahora están siendo aceptados dentro de la normalidad. En la vida social y familiar, el debilitamiento de los valores tradicionales como la jerarquía, la fidelidad y el compromiso, está llevando a las personas a relacionarse entre sí sobre bases más flexibles y utilitarias, ocultando las emociones por ser anticuadas y signos de debilidad. Del mismo modo, el quiebre de la dicotomía público-privado y la tensión social por exponer la vida íntima ante los otros para “existir” y ser reconocido, está introduciendo una gran presión para transmitir una imagen virtual de felicidad y logro, lo que solo es posible falseando la realidad analógica, mucho menos colorida y plena de lo que solemos mostrar. Esta tendencia solo incrementa la superficialidad del contacto humano: la valoración propia y de los otros depende cada vez más de lo que pueda mostrarse en fotografías.

Todas estas tendencias se maximizan debido a la escala de influencia social. A diferencia del pasado incluso más reciente, los seres humanos se encuentran actualmente sometidos a influencias globales, en el sentido pleno del término. Gracias a la expansión tecnológica, recibimos informaciones de todo el planeta de manera inmediata y podemos conocerlas al máximo lujo de detalle. De este modo, la presión percibida se multiplica: escogemos nuestros referentes sociales del más alto nivel global; nos comparamos con los que mejor lo hacen, no en nuestra oficina sino en una gran empresa al otro lado del mundo; nos enfrentamos a tragedias que ocurren muy lejos de nosotros pero de las cuales nos enteramos como si hubieran ocurrido frente a nuestras viviendas. La dinámica global nos deja muy claro que estamos a merced no solo de nuestros vecinos cercanos sino de cualquier persona en el planeta, que con sus acciones puede desencadenar encadenamientos de sucesos que nos afecten.

Nuestra vida termina siendo empequeñecida al extremo. En ese sentido, no solo nos percatamos diariamente de nuestra insignificancia frente al mundo sino que nos enfrentamos constantemente a la brecha entre la gigantesca masa de sucesos que nos influencian y nuestra limitadísima capacidad de actuar y producir cambios.

En medio de este conjunto de transformaciones, las personas se afanan por reconstruir sus creencias y consolidarlas como bases sólidas que les permitan atravesar las tormentas. La aceleración del cambio histórico ha conducido a que seamos nosotros mismos los que debamos establecer nuestras creencias: lo que nos enseñaron nuestros padres hace apenas quince o veinte años luce obsoleto y totalmente inadecuado para este mundo. En ese sentido, las nuevas modas espirituales, convertidas en prósperos negocios y respaldadas por un buen marketing publicitario, se erigen como la oferta más adecuada para la naturaleza de estos tiempos: ofrecen respuestas simples; aseguran protección, equilibrio y felicidad; no exigen grandes sacrificios; y, muy importante, no demandan dedicación exclusiva. Así, cual consumidores, las personas salen a “comprar” la oferta de creencias espirituales más acorde a sus necesidades, intentando adquirir al menos algunas certezas firmes entre tanto caos.

domingo, 3 de agosto de 2014

¿Qué es el chavismo? Parte III



El momento de mayor radicalización del chavismo se produjo en el año 2007. El conjunto de iniciativas políticas planteadas por Chávez luego de su holgada reelección implicaban una ruptura frontal con el modelo institucional con el que hasta entonces había convivido: la reforma constitucional y la Ley Habilitante planteaban la socialización de la economía y la centralización del Estado; el partido único perseguía uniformar a la militancia chavista y reunirla bajo un mando central; las nuevas Misiones se proponían reforzar la ideologización de las bases; otras medidas políticas y administrativas, como el cese de la concesión a RCTV, restringían sensiblemente el campo de acción de la oposición. 


Este viraje confirmó que Chávez estaba dispuesto a materializar sus premisas discursivas y generó una sensación de avasallamiento que fue clave en la reactivación de las movilizaciones opositoras. La oposición volvería a las calles pero esta vez con otros actores, estrategias y discursos. La agenda pasó a ser liderada por el más valorado sector estudiantil. La estrategia se encaminaba a explotar políticamente el divorcio entre los planteamientos ideológicos de la élite gobernante y las necesidades materiales de las bases chavistas. El discurso tenía, en consecuencia, una matriz más social, aunque sin abandonar los códigos tradicionales vinculados a la defensa de la libertad y la democracia. 

La derrota electoral de la reforma constitucional evidenció los límites de la hegemonía chavista, confirmando que el voto por Chávez tenía un fundamento más utilitario que ideológico y que la repartición clientelar de la renta petrolera aún no había sido superada por la “conciencia del pueblo”.

Luego de este revés, Chávez retrocedió y se dedicó por entero durante el 2008 a dos tareas de importancia estratégica. En primer lugar, la construcción del Partido Socialista –ahora “unitario” y no “único”- era crucial para asegurar un instrumento de movilización electoral y organización política operativo, vinculado orgánicamente a la estructura del Estado. Además, Chávez resentía la necesidad de fortalecer el nivel ideológico de sus cuadros políticos, una gran debilidad heredada del Movimiento Quinta República. La segunda gran tarea fue avanzar en la legalización del programa socialista a través de los procedimientos del Poder Constituido, vista la negativa del Poder Constituyente. Los múltiples cambios legales realizados a través  tanto de la Habilitante como de la mayoría en la AN reforzaron aún más el presidencialismo y habilitaron el creciente intervencionismo estatal en la economía. 
 
El gran evento político del segundo mandato de Chávez -la suspensión en febrero de 2009 de las limitaciones a la reelección presidencial- pasó de algún modo bajo la mesa. Sin embargo, esta decisión no solo allanó el camino a una nueva candidatura sino que aplacó los movimientos internos del chavismo, ratificando el liderazgo centralizado como su espina vertebral. De este modo, se consolidó la estructura de incentivos que operaba dentro del PSUV, centrándose la puja entre los dirigentes en torno a la obtención del respaldo de Chávez, constituido en el gran elector tanto de los cargos de votación popular como de designación administrativa. 

Las distorsiones económicas acumuladas, el bajón global en los precios del petróleo, la crisis de abastecimiento de servicios básicos y la separación de nuevas figuras y partidos, hicieron del 2010 el año “horriblis” del chavismo. En esta ocasión, Chávez volvió a demostrar lo lejos que podía ir en la manipulación de las normas democráticas cuando la impopularidad amenazaba su hegemonía política. Previo a la votación parlamentaria, los circuitos electorales fueron modificados para reducir la representación de la oposición en la Asamblea Nacional y, posteriormente, cuando en los comicios el chavismo perdió la mayoría absoluta, se aprobaron normas legales de manera acelerada, incluida una Habilitante legislativa especial para Chávez que duraría el primer año de gestión del nuevo Parlamento.

Diciembre de 2010 representó el inicio de la campaña chavista por la reelección. El amplio contingente de damnificados generados por las lluvias representó una oportunidad política para Chávez, quien rápidamente decidió diseñar un programa de atención especial para los afectados. Esta respuesta a la crisis volvió a elevar su popularidad, mientras que la recuperación de los ingresos petroleros y una política de acelerado endeudamiento le permitieron relanzar agresivamente las políticas redistributivas, esta vez canalizadas a través de las nuevas Grandes Misiones. La lógica de estos programas sociales era muy clara: incrementaban las dimensiones del beneficio material prometido –viviendas y asignaciones directas por hijo- para reconstruir el lazo clientelar desgastado, el cual quedaba sellado totalmente con un registro personal muy detallado, clave para la movilización el día de las elecciones. La política de expropiaciones, el cierre de medios de comunicación o la construcción de las Comunas se detuvo pragmáticamente, evidenciando que Chávez conocía el aún escaso desarrollo de la “conciencia socialista” en sus bases.

La enfermedad de Chávez sumó a esta sólida red utilitarista una nueva y más poderosa faceta de la conexión emotiva líder-masas. Con ello, se selló una ventaja electoral que difícilmente la oposición podría haber revertido. El esfuerzo de Capriles incidió de algún modo en que la oposición obtuviera el mejor resultado en sus confrontaciones directas con Chávez, pero el balance más claro de los comicios de 2012 es humano y económico: Chávez salió aún más delicado de su accidentada campaña y la economía terminó exhausta de suministrar los recursos para un exorbitante gasto público.

El agravamiento de las dolencias de Chávez luego de su victoria electoral lo obligó a planificar el futuro de su movimiento y dio tiempo suficiente para que se produjeran los ajustes y acuerdos internos en la nomenklatura chavista, hasta entonces subordinada a los dictámenes de su líder indiscutido. En ese sentido, los lineamientos dejados por Chávez fueron en realidad dos. En primer lugar, en cuanto al liderazgo, no solo nombró a Maduro como jefe político sino que, de manera indirecta, designó a Cabello como segundo al mando, reconociendo su rol clave en el ámbito militar y en el manejo del partido. Y también en términos programáticos, Chávez precisó la necesidad de combinar la ideología revolucionaria con el pragmatismo estratégico: “ni pacto con la burguesía ni desenfreno revolucionario” era la consigna que advertía contra desviaciones a la derecha o a la izquierda. 

El postchavismo surgido tras la muerte de Chávez parece estar dominado por dos rasgos centrales, derivados de la reducción sensible de los recursos carismáticos y económicos que permitieron encumbrar a su líder. Por un lado, se ha producido una mayor dispersión de las fuerzas chavistas, la cual, si bien no ha conducido aún a una ruptura importante, obliga a Maduro a gestionar la jefatura política con mayores precauciones, haciendo un uso más intensivo de la negociación y los ajustes internos. Por el otro lado, los cambios en el ejercicio de gobierno resultan también palpables, con una agenda más vinculada a los problemas, un discurso más conciliador y una acción pública mucho más pragmática, especialmente en el campo económico. 

Aunque Maduro ha demostrado hasta ahora habilidad para sostener al chavismo en medio de las complejidades, su mermada popularidad y la obligación de adoptar medidas económicas impopulares representan el mayor reto al que ha tenido que hacer frente el chavismo en su accidentada pero resiliente historia.

martes, 15 de julio de 2014

¿Qué es el chavismo? Parte II



El chavismo es un fenómeno sociopolítico muy peculiar, sobre el cual se han tejido las más disímiles y polémicas calificaciones. En el artículo anterior intenté recoger los elementos principales de este debate, evitando fijar postura. En este trabajo, dividido en dos partes, me propongo recorrer la evolución del chavismo desde su surgimiento como insurgencia militar hasta su situación actual. 

El chavismo surge como un movimiento de disidencia radical ante el colapso del sistema político establecido en 1958, en oposición al cual define sus principales rasgos. La crisis del sistema había comenzado a manifestarse a inicios de la década de 1980, consecuencia del agotamiento del modelo de desarrollo instaurado. La reducción de ingresos petroleros por situaciones externas puso en evidencia los débiles pilares del crecimiento económico, el bienestar social y la estabilidad política logrados hasta entonces. El fuerte control de los partidos tradicionales sobre el proceso decisorio y las resistencias de la clase política impidieron que se consolidaran reformas fundamentales en la economía y el Estado. Los cambios realizados tendieron a ser parciales, insuficientes y tardíos. Las distintas tentativas renovadoras promovidas por actores del sistema fracasaron políticamente y aumentaron el malestar social, abriendo paso a opciones ajenas al estamento político, portadoras de proyectos de “refundación nacional”.  

Hugo Chávez se ajustó plenamente a esta necesidad, construyendo un discurso diametralmente opuesto a la clase política establecida. La “revolución bolivariana” que llega al poder en 1998 se basaba en un planteamiento fundamentalmente político: se proponía sustituir un régimen plenamente representativo, partidocrático, burocratizado y aún muy centralizado por otro muy participativo, descentralizado y abierto a la sociedad civil. En ese sentido, su programa original no pasaba de ser una amalgama de ideas y conceptos provenientes de tres fuentes inconexas: el ideario republicano de Bolívar y otros pensadores independentistas; las tradiciones progresistas del campo político venezolano, incluido el socialcristianismo; y un collage de buenas prácticas de gestión admitidas internacionalmente, condensado en el amplio programa de la COPRE (Comisión Presidencial para la Reforma del Estado). 

En parte gracias a este heterogéneo contenido programático, el chavismo atrajo originalmente a un conjunto de agrupaciones e individualidades muy diverso. El Chávez candidato fue respaldado por la izquierda tradicional, sectores descontentos de los partidos tradicionales y grupos de poder de corte liberal. El único común denominador de esta pléyade de actores era su malestar con la clase política y su aspiración a influir –o abiertamente controlar- la toma de decisiones de un gobierno que estaría presidido por un outsider sin mayor experiencia política. 

Este chavismo en rol de oposición es, sin duda, diferente al chavismo que asumirá el poder en los primeros años. En términos generales, el presidente Chávez se propuso como primera tarea política aumentar su control sobre los recursos de poder, evidencia de que el suyo no sería un gobierno breve o sumiso. En ese sentido, estos primeros años se caracterizaron por una combinación utilitarista de estrategias de confrontación y cooperación, respaldadas tanto por el amplio apoyo popular que había alcanzado como por la debilidad política de la oposición, dividida y excluida del reparto rentístico. En este contexto se incluye no solo la aprobación de la nueva Constitución y otras normas legales, sino la lucha y posterior control institucional sobre centros de poder claves como Pdvsa, las Fuerzas Armadas y el Banco Central de Venezuela, así como la progresiva depuración de los elementos más conservadores o independientes del chavismo, los cuales van pasando a engrosar las filas de la oposición. 

El recurso a las urnas como instrumento para aumentar el control político fue posible gracias a la creciente organización electoral del chavismo. Si bien el carisma de su líder es un factor que no puede desdeñarse, es dudoso que el chavismo hubiese sobrevivido a la fase de severa confrontación política frente a una oposición económica y mediáticamente poderosa (2001-2004) sino fuese por la estrategia de organización clientelar de las bases populares, cuya mayor referencia fue el lanzamiento de las Misiones Sociales en 2003, vitales para el triunfo de Chávez en el referendo revocatorio. 

En esta etapa el chavismo empieza a registrar una progresiva radicalización ideológica y endurecimiento político. Su estrategia de exclusión-confrontación política en función de aumentar el control sobre el Estado se combina con un discurso público más agresivo y la lenta incorporación de elementos estatistas en algunas normas legales. Frente al esquema económico liberal establecido en la Constitución, las leyes aprobadas por Habilitante en el año 2001 introducen un mayor control del Estado sobre la vida económica, especialmente en ámbitos como el agrícola y el energético. En esa misma línea, el cambio de actitud en política exterior, reflejada en un alejamiento de EEUU y el forjamiento de alianzas políticas estrechas con Cuba y China, advierten de un viraje hacia posturas más izquierdistas. Sin embargo, nada de esto puede interpretarse aún como una ruptura con el esquema ideológico de “Tercera Vía” propuesto inicialmente: por el contrario, la legislación aún es tímidamente liberal y la coalición política chavista aún está dominada por fuerzas reformistas.

El triunfo electoral en el referendo del 2004 consolida el poder de Chávez tanto sobre el Estado como sobre el movimiento chavista. Las agrias disputas de los años precedentes le han permitido controlar plenamente los dos recursos vitales del poder político –la violencia legítima, alojada en la Fuerza Armada; y la capacidad de gasto, sostenida por Pdvsa- y desplegar más abiertamente su apuesta ideológica por el socialismo. Este doble control y este viraje ideológico marcarán indeleblemente la evolución del chavismo desde entonces: su carácter cívico-militar, su soporte clientelar y su proclamación socialista son, sin duda, las claves que permiten entender la sobrevivencia del chavismo hasta nuestros días.

El fracaso de las iniciativas opositoras –primero insurreccionales y luego electorales- para desplazar al chavismo del poder y destruir su legitimidad abrieron una etapa de relativa “normalización política”, que permitió el ascenso de los partidos en la dirección de la coalición opositora. Con la confianza de tener a la oposición a raya, Chávez proclamó el carácter socialista de su revolución y confeccionó un programa denominado “Primer Plan Socialista” para el período 2007-2013. Su holgada reelección a finales de 2006 tuvo dos efectos inmediatos: la radicalización de su proyecto político y la definitiva proclamación del carácter político-electoral de la estrategia opositora. 

Como comentaré en el próximo artículo, el año 2007 sería el momento de mayor radicalización del chavismo en su historia y, consecuencia en buena medida de ello, también el de su más grave revés político.