viernes, 18 de abril de 2014

El “diálogo”: ¿Qué podemos esperar?


En un artículo publicado el pasado 28 de febrero, advertí que la evolución de la crisis política que atravesaba el país podía seguir tres caminos: que remitiera la violencia y se impusiera cierta normalización política que permitiera la consolidación del poder chavista pero en un contexto de mayores concesiones a la oposición; que se agravara por el aumento del descontento social ante la situación económica, en un ambiente de mayor desestabilización y riesgos de salidas inconstitucionales; que se profundizara el ciclo de protestas y represión, aumentando el caudal de movilización de la oposición y la fragilidad del Gobierno.


El inicio de conversaciones directas entre representantes del Gobierno y dirigentes de la MUD, el pasado 10 de abril, apuntala claramente el primer escenario. Este proceso de discusión y negociación –discusión en las reuniones públicas y negociación en las privadas- ha sido aceptado con reservas y cierto escepticismo por los elementos más representativos tanto del chavismo como de la oposición, siendo cuestionado y denunciado por sus sectores más radicales. 

Luego de los dos primeros encuentros, vale la pena hacer algunos comentarios sobre lo visto hasta ahora y sobre lo que pudiera venir:

  • El Gobierno se ha anotado un éxito al lograr no solo sobrevivir a las protestas sino apropiarse simbólicamente del discurso de la paz, la reconciliación y el diálogo. Es un éxito particularmente relevante si tenemos en cuenta que el inmenso control político que ha logrado el chavismo se ha sustentado en su estrategia de confrontación, polarización y movilización. Los voceros oficiales recalcaron y seguirán recalcando que han sido ellos, con sus insistentes llamados, los que lograron que la oposición se sentara a dialogar, accediendo ésta solo cuando se evidenció la esterilidad de las protestas. En consecuencia, si la iniciativa rinde algún fruto, el chavismo podrá adquirir una porción mayor del mérito al reiterar que ha sido suya la iniciativa. 

  • La oposición aglutinada en la MUD, por su parte, ha postergado su participación en el “diálogo” hasta que se redujeran sus costos políticos. En ese sentido, el creciente rechazo a las “guarimbas”, el  propio desgaste de las manifestaciones, y el logro de ciertas concesiones procedimentales por parte del Gobierno, sirvieron la escena para que su participación fuese presentada como una decisión sensata y responsable. Aun así, han debido conversar con el chavismo en su terreno –el Palacio de Miraflores-, en condiciones desfavorables –la intervención de Maduro no tuvo límite de tiempo-, con importantes ausencias –Ledezma, Machado y Voluntad Popular-, sin unidad de posturas –solo Capriles habló del 14 de abril- y, lo más relevante, con protestas e intervenciones policiales aun desarrollándose en las calles, y algunas de sus figuras aun en las celdas. En ese contexto hostil, han logrado enviar un mensaje sereno y civilizado a una audiencia amplia, a la cual muy pocas veces pueden llegar. 

  • La oposición más radical ha perdido una oportunidad de presentar sus cuestionamientos directamente al Gobierno, frente a todo el país. No es realista pensar que la participación en el encuentro le ha dado un balón de oxígeno a un Gobierno moribundo. Algunos dirigentes políticos se han amarrado a la agenda del movimiento estudiantil, cuando, en realidad, se trata de sectores diferentes con demandas distintas e instancias de interlocución separadas. Por otro lado, históricamente a la oposición no le ha resultado efectiva su estrategia de abandonar los espacios para deslegitimar al Gobierno. No existen razones para pensar que esta vez será diferente.
 
  • En cuanto a los señalamientos hechos en el encuentro, la oposición ha realizado una más contundente presentación por el simple recurso a la novedad: el mensaje del Gobierno inunda los espacios televisivos, pero el de la oposición cada vez obtiene menor difusión. Por otro lado, el Gobierno se ha limitado a reproducir el relato del golpe, el paro y las guarimbas, dirigido exclusivamente a su militancia. En general, los discursos de los distintos representantes se movieron sobre un mismo código: tenemos disposición al diálogo a pesar de que, siendo mayoría, no lo requerimos; pero ustedes, siendo minoría, han desconocido el mandato popular, han intentado desplazarnos por medios violentos y han violado reiteradamente la Constitución. 
 
  • La oposición, para bien o para mal, ha sido más diversa: al Gobierno se le ha cuestionado por ser autoritario y represivo, por imponer un modelo político inconstitucional, por ser ineficiente e incompetente en sus funciones, y por conducir al país a una crisis política y económica profunda. En particular, Capriles ha reiterado su posición de liderazgo en la oposición, refrendando su versión sobre las elecciones de abril y dirigiendo el único mensaje que alguno de los dirigentes envió a los seguidores del bando contrario: la denuncia de la corrupción, la pérdida de poder adquisitivo y la brecha social que existe entre la dirigencia oficialista y sus bases populares de apoyo.
 
  • Según informaciones de prensa, las primeras concreciones de esta negociación han sido la ampliación de la comisión creada para investigar los hechos ocurridos desde febrero y la incorporación de representantes de la oposición en el llamado “Plan de Pacificación”. El rechazo de la Ley de Amnistía ratifica que el destino de las personas detenidas será un tema espinoso y, probablemente, obstructivo. El Gobierno se niega a ceder porque quizá intuye que la liberación allanaría el camino a la reunificación de la oposición. 
 
  • Probablemente, los encuentros continúen generando resultados parciales pero valiosos para ambas partes. El Gobierno debe mantener a la oposición en la mesa y para ello deberá administrar la expectativa de que ésta puede obtener ventajas. Por su parte, la MUD debe manejarse con sumo cuidado para mantener el frágil equilibrio entre influir en las decisiones del Gobierno y a su vez hacerle oposición. El riesgo de que se logren acuerdos en la conformación de los Poderes Públicos es tan elevado para ambos bloques como el asunto de la Ley de Amnistía: tal situación sería presentada por los radicales de lado y lado como evidencia de una negociación o pacto basado en la redistribución de cuotas de poder. Como se ventiló en el debate, la idea de pacto es, en la política venezolana de hoy, pecaminosa.

domingo, 13 de abril de 2014

12-F: dos meses después ¿dónde estamos?



El 12 de febrero se inició una etapa de mayor conflictividad política en el país. Aunque de baja intensidad, intermitente y territorialmente focalizada, la violencia ha producido hasta la fecha un saldo de 41 fallecidos. Distintos analistas y encuestadores coinciden en que estos hechos, al crear una sensación de anarquía y caos, han debilitado en términos relativos a los dos bloques políticos en pugna. Las diferencias entre ambas coaliciones y a lo interno de cada una se han intensificado, aumentando las dificultades para ejercer eficazmente la gobernabilidad interna del archipiélago de grupos, intereses y corrientes que conforman, en términos concretos, tanto a la oposición como el Gobierno venezolano. En ese sentido, el balance para los distintos actores involucrados parece estar marcado por mayores pérdidas que ganancias. 

El chavismo ha podido actualizar el relato de una oposición pudiente, extremista y violenta, apropiándose del discurso de la reconciliación, la paz y la convivencia que habían utilizado los opositores desde el 2007. Sin embargo, su imagen internacional se ha visto perjudicada por las actuaciones represivas –magnificadas por una fuerte campaña comunicacional y diplomática- y su control y unidad internas se han debilitado frente a los ojos de sus propios partidarios, adoptando silenciosamente un viraje económico que promete insuflar los ánimos de los más recalcitrantes. El Gobierno ha podido amortiguar hasta el momento el costo político de la crisis, pero mientras no remitan sus manifestaciones más acuciantes, el desgaste seguirá avanzando. 

La oposición “más radical”, por su parte, ha logrado desplazar y malponer a los partidarios de la vía electoral frente al electorado opositor, ganando centimetraje interno y proyección internacional. Las acciones judiciales en su contra, sin embargo, se han concretado sin mayores resistencias, y el movimiento de calle que iniciaron claramente ha adquirido una dinámica que no tienen capacidad de controlar. Las acciones violentas, de las cuales no pueden desligarse, son mayoritariamente rechazadas por la opinión pública. Resulta ya evidente que, de persistir en la línea trazada, las protestas no podrán convertirse en un movimiento de masas dispuestas a combatir al Gobierno hasta lograr su salida. La reconversión del movimiento bajo una perspectiva político-electoral resulta una estrategia no solo difícil sino traumática y eventualmente inviable.

Finalmente, la oposición “moderada” ha podido reafirmar con hechos y bajo intensas presiones su vocación democrática, allanando, al menos a nivel internacional, su reconocimiento como oposición legítima. Aunque muy ruidosas en redes sociales, las acusaciones sobre su supuesto “colaboracionismo” con el chavismo no han tenido un impacto muy extendido en la opinión pública. Además, la presión sobre el Gobierno, concretada en la iniciativa de unos “diálogos” con los principales voceros de la oposición, puede representar una oportunidad para ganar mayor reconocimiento político y participación en los espacios institucionales. Por el otro lado, la fragmentación de la oposición ha reducido su capital político y su capacidad organizativa y de movilización, afectando sus posibilidades de convertirse en alternativa de poder. El muy costoso –en términos del esfuerzo y tiempo de construcción- liderazgo de Henrique Capriles ha sido cuestionado como nunca antes. Los partidos y líderes “moderados” se han mostrado incapaces, al menos hasta ahora, de reconectar el circuito entre la crisis socioeconómica y la disposición a protestar contra el Gobierno.


Evidencia del dominio de esta lógica “perder-perder” es la aparición de encuestas con resultados útiles y funcionales tanto para el Gobierno como para la oposición: Maduro pierde popularidad y la gestión gubernamental es peor valorado, pero las “guarimbas” son ampliamente rechazadas y los líderes de la oposición pierden invariablemente aceptación.  

La iniciativa de diálogo o, más propiamente, debate político, abre, independientemente de su evolución o resultados, una nueva etapa en esta dinámica política. Luego de dos meses de desgaste progresivo, los principales actores políticos están abriéndole paso al escenario de la “normalización política”, el cual podría poner coto a esta dinámica “perder-perder”. Resulta evidente que la posibilidad de que cada bloque pueda expresarle abierta y frontalmente sus críticas y cuestionamiento al otro, presentando además esta acción como evidencia de tolerancia, apertura y disposición al diálogo, no puede más que reforzar las posiciones relativas de cada coalición, a despecho de la virulencia de los más recalcitrantes de lado y lado. Sobre la posible evolución de esta iniciativa y su impacto sobre el juego político nacional reflexionaré en el próximo artículo.

lunes, 24 de marzo de 2014

Sobre “El Arte de la Guerra”

 De Sun Tzu se sabe muy poco. Algunos estudiosos de la China antigua dudan incluso de su existencia y, con mayor razón, cuestionan que se le adjudique la autoría de “El Arte de la Guerra”. Esta breve y por momentos desordenada obra es considerada uno de los más antiguos y valiosos tratados sobre estrategia militar, cuya influencia no solo se ha manifestado en la filosofía e historia chinas sino también en el pensamiento político, militar e incluso empresarial de Occidente. En los últimos días, he revisitado sus páginas, redescubriendo las razones espirituales y prácticas de su milenaria resiliencia. Me limito aquí a reunir un conjunto de citas textuales que, creo, resumen bien el texto y permiten obtener una imagen bastante completa del valor transdisciplinario de la obra. 


  • "Si las instrucciones no están claras y las órdenes no han sido explicadas, tiene la culpa el comandante. Pero si las instrucciones han sido explicadas y las órdenes no se ejecutan de acuerdo con la ley militar, los oficiales son responsables de un crimen”.
  • “Si los oficiales no han tenido un severo entrenamiento, estarán inquietos y dubitativos en el combate; si los generales no se han formado íntegramente, sentirán pavor en su interior cuando se hallen frente al enemigo”.
  • “Todo el arte de la guerra está basado en el disimulo. Por esto cuando eres capaz, finge incapacidad; si eres activo, pasividad; si estás próximo, haz creer que estás lejos; si alejado, que estás cerca”.
  • “Dedicándose a hacer muchos cálculos se puede ganar; si se realizan pocos, la victoria es imposible”.
  • “Nunca se ha visto que una guerra larga beneficiase a ningún país (…) La guerra es igual al fuego; los que no quieren dejar las armas, son devorados por las armas”.
  • “Por regla general, en la guerra la mejor política es la de tomar el Estado intacto; aniquilarlo no es ventajoso (…) Rendir al enemigo sin combatir es el súmmum de la habilidad”.
  • “El arte de usar tropas en combate consiste en esto: si estás en superioridad de diez contra uno, cerca al enemigo. Si es de cinco a uno, atácalo. Si es de dos a uno, divídelo. Si las fuerzas son parecidas, puedes presentarle batalla. Si eres inferior en número, debes ser capaz de comprender la retirada”. 
  • “El que no tiene conciencia clara de sus propósitos no puede enfrentar al enemigo (…) El que conoce cuándo puede combatir y cuando no, será el vencedor”.
  • “Un soberano dotado de personalidad y de inteligencia superior tiene que ser capaz de reconocer al hombre que le conviene, debe confiarle las responsabilidades y esperar los resultados”.
  • “Conoce al enemigo y conócete a ti mismo y ni en cien batallas estarás jamás en peligro. Cuando no conozcas al enemigo, pero te conozcas a ti mismo, las probabilidades de victoria o de derrota son semejantes. Si a la vez ignoras todo del enemigo y de ti mismo es seguro que estás en peligro en cada batalla”.
  • “Nuestra invencibilidad depende de nosotros; la vulnerabilidad del enemigo, de él”.
  • “El ejército victorioso es igual que un quintal oponiéndose a un solo grano; un ejército derrotado es igual que un grano oponiéndose a un quintal”.
  • “Mandar a muchas personas es como mandar a pocas. Es cuestión de organización (…)  Es posible dirigir un ejército de un millón de hombres como si fuesen unos pocos individuos”.
  • “El que quiera fingir cobardía y mantenerse al acecho del enemigo, debe ser valiente, porque solo así podrá simular el miedo. El que quiera parecer débil, para hacer arrogante a su enemigo, debe ser fortísimo. Solamente así podrá fingir la debilidad”.
  • “El valiente sabe batirse; el prudente, defenderse; el sabio, aconsejar. No se malgasta la capacidad de nadie”.
  • “En campaña has de ser rápido como el viento; si avanzas lentamente, majestuoso como el bosque; en la incursión y el pillaje, semejante al fuego; si detenido, inconmovible como las montañas”.
  • “Es imprescindible dejar una salida a un enemigo sitiado. Enséñale que existe una posibilidad de salvación y hazle comprender que existe una solución diferente a la muerte (…) No lleves hasta el límite a un enemigo que se halle en una situación apurada (…) Si sabe que no hay otra salida, combatirá hasta la muerte”.
  • “Hay cinco cualidades que son peligrosas en un general. Si es arriesgado, puede perder la vida. Si es cobarde, será hecho prisionero. Si es colérico, puede ser ridiculizado. Si tiene un sentido del honor demasiado susceptible, se le puede calumniar. Si tiene un espíritu compasivo, se le puede hacer sufrir”.
  • “La rapidez es la esencia misma de la guerra. Aprovecha la falta de preparación del enemigo; recurre a itinerarios imprevistos y atácalo mientras no esté preparado”.
  • “Un soberano no puede levantar un ejército por un arrebato de cólera, ni un general combatir atenazado por el rencor. Porque si es posible que un hombre irritado recobre su serenidad y que aquel que padece agravios se cure, un Estado que ha sido aniquilado no puede rehacerse, ni los muertos pueden volver a la vida”.
  • “Un ejército sin agentes secretos es como un hombre sin ojos y sin oídos”.
Sin duda, una obra sin desperdicio.

jueves, 20 de marzo de 2014

Keynes, Krugman y la Crisis Global

Bajo el sugerente título de “Acabemos ya con la crisis”, Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008, nos ha proporcionado un análisis lúcido y coherente sobre las razones -estructurales y coyunturales- por las cuales surgió la crisis económica mundial (2008-2011).

Krugman advierte desde el inicio que la crisis global es, en realidad, una depresión económica tradicional, causada por un fallo de coordinación relativamente sencillo: los agentes económicos en su conjunto no están gastando lo suficiente; los que pueden gastar –los acreedores- no quieren gastar y los que quieren –los deudores- no pueden. Se trata de un clásico “momento keynesiano”, durante el cual la demanda agregada es insuficiente y, como consecuencia, los niveles de producción y de empleo también lo son. Esta situación, subraya Krugman, no solo no es inédita, sino que la humanidad cuenta desde hace mucho tiempo con el instrumental teórico y práctico necesario para superarla: el único agente económico que no siente miedo de quebrar, léase el Gobierno, debe dar un paso al frente y gastar, gastar por aquellos que no quieren o pueden hacerlo. 

A lo largo del texto, el autor se dedica a argumentar rigurosamente su interpretación de la crisis, rebatiendo al paso todos los señalamientos en contrario. Por razones obvias, la mayor parte del texto versa sobre la situación estadounidense. 

ESTADOS UNIDOS

En su país, Krugman identifica dos grandes causantes estructurales de la crisis, muy asociadas entre sí. El aumento acelerado de la desigualdad social permitió la acumulación de grandes cuotas de capital en pocas manos; estos flujos encontraron salida a través del mercado financiero, el cual, al estar cada vez menos y peor regulado, derivó en un mundo de riesgos excesivos y prácticas abusivas. 

Estos excesos se basaron en una constante subestimación de los riesgos de la inmensa deuda que se estaba acumulando, incluso por parte de las instituciones regulatorias. Los elevados niveles de “apalancamiento” (proporción de deuda con respecto a los activos o ingresos) arrastraron a la economía cuando la prosperidad se torció. Así, el estallido de la burbuja inmobiliaria obligó a los deudores a adoptar medidas rápidas para reducir su deuda, bien a través de la venta de activos o la reducción de los gastos. Al convertirse en una estampida masiva, se produjo una reducción de los precios que apreció el dólar e hizo mucho más difícil bajar en términos reales la deuda. El intento de los deudores de salir, hundió más a la economía. Todos intentamos ahorrar más, pero al reducir nuestro consumo conjunto, los ingresos menguan, las empresas invierten menos, el desempleo aumenta y la economía padece. Así, solo podemos salir de esta espiral si alguien –en este caso, el Gobierno- hace lo contrario a lo que todos estamos haciendo. 

EUROPA

Particularmente interesante es el análisis de la crisis europea y su posible superación. Krugman se remonta al surgimiento del euro para explicar la crisis. La creación de la moneda única se basó en una subestimación de los riesgos de esta medida: no se previó qué hacer ante “choques asimétricos”, como, por ejemplo, el hundimiento de un boom inmobiliario en algunos países y no en otros. 
De acuerdo con el autor, son tres las condiciones que garantizan el éxito de una unión monetaria: la existencia de un gran comercio intrarregional; la garantía de la libre movilidad laboral interna; y una plena integración fiscal y presupuestaria. Europa alcanzó un comercio integrado, pero no la unidad de su mercado laboral y de su gobierno. Las diferencias lingüísticas y culturales siguieron limitando el movimiento de trabajadores; los distintos gobiernos nacionales tuvieron que seguir resolviendo sus apuros fiscales y presupuestarios por su cuenta.


La historia de la crisis es en resumidas cuentas la siguiente: el establecimiento del euro llevó a los inversores a sentirse seguros de trasladar su dinero a países que antes consideraban de riesgo. Esto incentivó la afluencia de capitales hacia el Sur,  lo que redujo el costo del dinero (la tasa de interés) y promovió explosiones inmobiliarias y de consumo. Este boom llevó a los bancos del Sur a pedir prestado a los bancos del Centro, cuyos países no vivían un crecimiento comparable. Este auge motivó a su vez el aumento de los sueldos en la periferia e hizo que la industria perdiera aún mayor competitividad frente a motores económicos como Alemania. Esto, a su vez, se tradujo en unos crecientes déficits comerciales en el Sur –y superávits en el Centro-. En este contexto, la crisis de EEUU arrastró a Europa, y el rescate de los bancos, que cada país debió cargar por su cuenta, empeoró mucho más el déficit y la deuda, dejando a estos países sujetos al temor de los inversionistas, disparando la prima de riesgo y aumentando los ataques especulativos.

El problema de fondo, argumenta Krugman, es una disparidad de costos y precios entre países, disparidad que daña la competitividad de algunas economías. Existen para ajustarla dos vías: la inflación en el Centro o la deflación en el Sur. En el primer caso -negado por la ortodoxia alemana- un estímulo fiscal y una política monetaria expansiva permitirían que los sueldos subieran. En el segundo -actualmente implementado- se debe pasar por un largo plazo de sufrimiento para que los sueldos del Sur vayan cayendo y se ajusten. El problema adicional con esta opción es que la deflación intencionalmente provocada aumentará en términos reales el monto de la deuda, lo que complicará aún más su cancelación.

La conclusión a la que Krugman arriba en su análisis estadounidense es igualmente válida para Europa: la ceguera ortodoxa y la decisión política de “hacer pagar” a los “irresponsables” los costos de sus excesos han provocado un inconmensurable sufrimiento humano, totalmente evitable. Como en tantos otros ámbitos y situaciones, en economía no basta conocer la solución para implementarla.

viernes, 28 de febrero de 2014

Los escenarios tras el 12-F: ¿a dónde podemos llegar?



En el artículo anterior, advertí sobre la complejidad del momento político y económico que atraviesa Venezuela. Dibujado el panorama como lo hice en ese trabajo, creo que son tres las variables centrales que determinarán la dinámica política en el corto y mediano plazo: 1. Los avances del diálogo convocado por el Gobierno; 2. La evolución de la situación económica; y 3. la capacidad del liderazgo opositor para reconducir las protestas. Jerarquizando estas tres variables y asociando el predominio de cada una de ellas a uno de los escenarios, considero las siguientes posibilidades:


ESCENARIO #1 “NORMALIZACIÓN POLÍTICA”: El Gobierno Nacional está moviendo todas sus piezas para aislar y desactivar las protestas y que se imponga su interpretación sobre lo ocurrido en estas semanas. Los reclamos internacionales y las presiones dentro del propio chavismo, así como el riesgo de contagio hacia otros sectores, lo han llevado a abrir espacios para el diálogo e incluso es probable que el Gobierno esté dispuesto a ceder en distintas demandas que realice la oposición. El problema para Maduro es conciliar estas concesiones con la necesidad de parecer fuerte dentro del chavismo. El chavista legitima el Gobierno autoritario (“así es que se gobierna”) y Maduro se expondría ante sus adversarios internos si cediera “más de la cuenta”. Consciente de ello, su discurso actual combina denuncias y reconocimientos, rechazos e invitaciones.
Por su parte, la oposición política intentará no dejarse acorralar por la iniciativa de diálogo. Si siente el riesgo de quedarse sola y aislada, probablemente encontrará una justificación para participar en estas discusiones, aunque sea bajo un fuerte cuestionamiento de los sectores “radicales”. El chavismo podría contribuir en este sentido realizando unas concesiones simbólicas y es probable que lo haga. Aun así, es indiscutible que un segmento de la oposición no participará bajo ningún concepto y mantendrá su agenda insurreccional, aunque seguramente muy debilitada.

El resultado de estos diálogos en sí mismo es incierto. El chavismo los utiliza de manera oportunista para incorporar a los distintos sectores en la responsabilidad de la crisis. En ese sentido, la oposición podría correr el riesgo opuesto y jugar, sin quererlo, un rol de legitimación. Por ello, es probable que su dirigencia intente vincular su participación en el diálogo con una actividad política constante de acumulación de fuerzas a través de la canalización del desencanto, el cual crecerá al ritmo de la crisis económica. Sin embargo, en el marco de las “rectificaciones” del Gobierno, éste también podría tomar medidas económicas que, si bien no resolverán la crisis instantáneamente, pueden apuntar a suavizar sus efectos y atender sus causas. Todo eso configuraría una relativa consolidación del chavismo. 


ESCENARIO #2 “HUNDIMIENTO ECONÓMICO”: En este escenario predomina la variable económica sobre la política. El chavismo, atrapado en sus creencias ideológicas y en sus redes de intereses,  no es capaz de confrontarse internamente para cambiar el modelo económico. Además, la situación internacional –particularmente el cambio de política monetaria de Estados Unidos y el sobrecalentamiento de China-  profundiza aún más el desequilibrio y la fragilidad. Por ello, la situación sigue deteriorándose y las manifestaciones de malestar empiezan a crecer en la misma medida en que los dólares escasean. El diálogo del Gobierno se empantana por conflictos entre grupos de poder y el bloqueo de determinadas medidas “ortodoxas”, como el aumento de los precios del combustible o la reducción del gasto público.

En este escenario, se reducen los incentivos que tenía la oposición de participar en los diálogos o, más en general, de reducir su beligerancia contra el Gobierno. Su gobernanza interna también se vuelve más frágil en la medida en que crece la debilidad de Maduro y se despliegan más libremente las agendas y aspiraciones personales de los distintos dirigentes. Su mayor desafío radicaría, además de mantenerse unida, en transformar las protestas estudiantiles y de clase media en función de incorporar las demandas y reclamos de sectores populares, así no sea de manera directa y expresa. El chavismo seguiría en todo caso intentando postergar los efectos más negativos de la crisis, tratando de desviar la atención con denuncias y posibles movimientos autoritarios. Ello incrementa la incertidumbre y la probabilidad de salidas inconstitucionales.


ESCENARIO #3 “OPOSICIÓN DE MASAS”: En el corto plazo, la oposición se ha negado a participar o ha participado de manera muy limitada en los diálogos, justificando su ausencia por la negativa gubernamental de ceder ante alguna de sus demandas. El Gobierno, o más precisamente, alguno de sus elementos militares, ante la continuación de las protestas, refuerza su componente autoritario y profundiza la represión. Esto incrementa la presión internacional y la crisis debilita al Gobierno, limitando su capacidad de gastar y empezando a erosionar sus bases de apoyo tradicionales.


La variable clave en este escenario es la capacidad de la oposición de reconducir el malestar y ampliar la base social de las protestas, conducidos por un dirigente visible y con un mayor grado de cohesión interna. Si esto empieza a ocurrir, el Gobierno intentará evitarlo ampliando las medidas autoritarias, lo que irá creando un círculo auto-rreforzante. Aunque no es probable que sea en el mediano plazo, la oposición podría ir creando así el clima del colapso insurreccional del Gobierno o, incluso, su salida constitucional anticipada. En ambos casos confrontaría muy severos obstáculos.

Aunque estos escenarios son incompletos y juntan desordenadamente el corto, mediano y largo plazo, son un intento por proyectar la evolución de una dinámica complejo, caótica e incierta. Usted, ¿qué escenario considera el más probable?

lunes, 24 de febrero de 2014

Las protestas del 12-F: ¿dónde estamos parados?



El pasado 12 de febrero, una masiva marcha realizada en Caracas por grupos estudiantiles y partidos de oposición derivó en enfrentamientos violentos. Desde entonces, se ha desatado una espiral de turbulencia política en distintas ciudades del país: las protestas, muchas de las cuales han incluido cierre de vías y daños a instalaciones públicas y privadas, han sido seguidas por intervenciones represivas de cuerpos policiales, militares y parapoliciales, y acusaciones cruzadas entre voceros chavistas y opositores.

El chavismo ha denunciado ser víctima de una conspiración urdida por sectores políticos de extrema derecha, que pretenden mediante focos de violencia causar caos para precipitar la salida del Gobierno a través de un pronunciamiento militar o incluso por una intervención extranjera. Por su parte, la oposición ha reivindicado el carácter legítimo, legal y pacífico de las protestas, vinculando la violencia a la acción de grupos armados del chavismo y a un uso excesivo de la fuerza por parte de los cuerpos de seguridad. 

Estas dos versiones opuestas de los sucesos, sumadas al hecho de que los acontecimientos se desarrollan con mucha rapidez, abonan a la confusión y hacen difícil prever su desarrollo. Al respecto, es imprescindible realizar unas aclaratorias previas sobre el escenario actual:

EN CUANTO A LOS ACTORES: resulta claro que ni el chavismo ni la oposición son actores unitarios y homogéneos, aunque la tendencia tradicional durante las coyunturas críticas es a que refuercen sus lazos internos. El chavismo de la era Chávez sufrió distintos desprendimientos y separaciones, que le permitieron al Presidente consolidar su dominio como líder indiscutido. Tras su muerte, muchos analistas aseguran que ha surgido el “postchavismo”, en el cual la gobernanza interna depende de un complejo sistema de negociaciones e intercambios recíprocos entre muchos grupos de poder. Las diferencias entre estos grupos radican fundamentalmente en tres factores: su origen, civil o militar; su postura ideológica, más cercana al socialismo cubano o al desarrollismo nacionalista; y su estrategia política, más autoritaria y radical o más conciliadora y pragmática. Si cruzamos estas tres dimensiones podemos tener una idea de la complejidad del universo chavista.


Por su lado, la oposición, compuesta por un amplio y variopinto conjunto de partidos, organizaciones y movimientos, se encuentra desde hace muchos años cruzada por la discusión sobre el método más eficaz para enfrentar a un Gobierno rico, poderoso y con aspiraciones hegemónicas. En la actualidad, este debate se ha reabierto, dividiendo a la oposición en tres grupos reconocibles: los “radicales”, que plantean una salida insurreccional e inmediata del Gobierno; los “institucionales”, que consideran que hay que acumular fuerzas políticas, capitalizando el malestar social generado por la crisis del modelo chavista y dirigiéndolo hacia los próximos objetivos electorales, y los “pragmáticos”, partidarios de reducir la conflictividad política, abrir espacios a la negociación y, por esta vía, obtener mayores cuotas institucionales.

En la actual coyuntura, y ante la creciente incertidumbre política, es muy probable que estos distintos actores estén realizando movimientos internos para mejorar su posicionamiento y reforzar sus intereses. Aunque no se expresen públicamente, estas agendas particulares existen y hacen más difícil prever el desarrollo de los acontecimientos. 

EN CUANTO A LA AGENDA: Si el juego de actores participantes en la actual crisis resulta complejo, más aún lo es el escenario económico y político en el que se desarrolla. Venezuela viene sufriendo las consecuencias económicas de una política sistemática de profundización del rentismo petrolero. El Gobierno dirigió la bonanza económica de la última década hacia dos fines: incrementar la participación interventora del Estado en la economía y aumentar los niveles de consumo de los sectores empobrecidos. De esta manera, agravó el desbalance, consustancial a todas las economías rentistas,  entre los niveles de producción –la productividad- y los de consumo –el ingreso-. Esa brecha la rellenó por medio de una política de importaciones masivas, la cual sostuvo incluso a costa de crecientes márgenes de endeudamiento. Hoy, las distorsiones producidas por este esquema político se manifiestan en elevados y persistentes niveles de inflación y escasez.



Esta situación económica está provocando un aumento de la tensión social que, aunque no se ha manifestado políticamente, tiene un potencial explosivo que Maduro parece reconocer. Hasta la fecha, el Gobierno ha sido capaz de evadir el costo político gracias a su estrategia de acusar al sector privado y trasladar la frustración social hacia los “especuladores”, mientras mantiene en funcionamiento su maquinaria de distribución clientelar, alimentada por bolívares inorgánicos. Sin embargo, esta solución no podría sostenerse si los problemas se agravan. Según los economistas, es improbable una salida efectiva al problema económico actual que no conlleve, necesariamente, medidas impopulares de carácter ortodoxo. En cualquier escenario, los costos políticos parecen estar al final de la ecuación: actúe o no actúe, aplique más controles o los flexibilice, el chavismo se volverá más impopular. 

El clima de frustración se inserta además en un marco institucional muy debilitado, producto de una práctica política que ha fomentado el desarrollo de comportamientos anomicos y disgregadores en distintos grupos sociales. La intencionada inactividad del Estado frente a manifestaciones anárquicas es difícil de revertir ya que ha creado espacios de autonomía desde los cuales pueden surgir –y surgen recurrentemente- manifestaciones violentas. Esto provoca que la situación social actual sea aún más explosiva.

La atípica disposición del chavismo a dialogar con sus opositores, manifestada luego de ganarle unas elecciones, tiene mucho que ver con esta realidad. El Gobierno intenta atraer a la oposición al sistema institucional, hacerla corresponsable de las decisiones y reducir su capacidad política de canalizar el descontento. Esta situación, evidentemente, también comporta riesgos para la oposición: si rechaza el diálogo, entraría en contradicción con su reiterado llamado a la reconciliación y, de cualquier modo, quedaría al margen del juego político, limitando su acción a unos pocos espacios institucionales cada vez más cercados; si acepta el diálogo, se vería limitada en su libertad para denunciar y criticar y podría desconectarse de su base tradicional.


Ahora bien, si el juego de actores y el escenario en el que se mueven son tan complejos, si los sucesos se están precipitando tan aceleradamente, ¿es acaso posible proyectar el desarrollo de los eventos en el corto o mediano plazo? En mi próximo artículo intentaré definir algunos escenarios.